Fotos: Gentileza Editorial Taschen
En 1988, después de una retrospectiva de su carrera en el Museo de Artes Decorativas de París, el japonés Issey Miyake (74) sintió que la primera parte de su misión como diseñador estaba cumplida. Habían pasado 24 años desde su graduación de la Universidad de Tokio; en los años 60 había sido asistente para importantes modistos como Guy Laroche y Hubert de Givenchy; tiempo después creó su exitosa casa de moda homónima con tiendas en Japón y en Estados Unidos, y en los ‘80 instaló en las pasarelas su concepto de prêt-à-porter minimalista, práctico y unisex.
El círculo se cerraba con esta muestra y era hora de pensar en algo diferente. “Un pañuelo fue mi inspiración. Un pañuelo doblado en cuatro y plisado al bies daría lugar a una novedosa técnica de plisado que haría posible múltiples formas nuevas de piezas de ropa”, asegura el diseñador en uno de los capítulos de Pleats Please, libro que cuenta la historia, la inspiración, la tecnología y las colaboraciones detrás de esta marca paralela a su famosa casa. Una marca dedicada a realizar exclusivamente prendas plisadas. “Simplemente, ropa. Ni moda, ni diseño: solo ropa”. Para Miyake el objetivo final de Pleats Please (plisados que agradan) era crear prendas tan universales como las camisetas de algodón o los jeans. Tenían que ser fáciles de usar, combinables, cómodas y que se ajustaran a la forma de cualquier tipo de cuerpo.
Después de esa exposición y su visión del pañuelo, pasaron cuatro años para perfeccionar un sistema de plisado permanente con telas que pudiesen lavarse, transportarse y guardarse sin requerimientos especiales y aun así mantenerse intactas. El secreto estuvo en el material: poliéster. En esta fibra, ciento por ciento sintética, radica el éxito de esta colección que cumple 20 años y que se ha diversificado tanto que incluso hay fragancias con su nombre y más de 150 tiendas en todo el mundo dedicadas exclusivamente a su venta.
Con una tela de fibra natural el plisado no duraría tras un lavado, en cambio con el poliéster este sería permanente. Para el diseñador, acostumbrado a trabajar con telas de origen orgánico y de alta calidad, esa fue la primera revelación. La segunda fue en materia de costos: el doblez requería usar casi el triple de material, algo que hubiera sido económicamente inviable con telas naturales.
Mientras pulían el proyecto llegó al equipo de Miyake una invitación. El coreógrafo estadounidense William Forsythe le encargó el vestuario para una nueva producción de su compañía. Y probaron con estas nuevas confecciones plisadas. “Las prendas resistieron. El resultado fue perfecto, flexible y ligero, y a un precio razonable”, asegura Miyake en su libro. Pero había dos problemas por resolver para entrar en la etapa de industrialización; uno era cómo eliminar la electricidad estática típica del poliéster y el otro cómo teñir con colores vivos y reales esta tela sintética. En medio de una crisis dentro de la industria textil japonesa se negoció con una de las fábricas más tradicionales (con más de 100 años de historia) de ese país, Tamurakoma & Co. Ellos crearon el primer pedido a la medida con todos los requerimientos técnicos exigidos por Miyake. Era 1993 y Pleats Please ya estaba listo para entrar en proceso de producción.
Y tal como lo había exigido Miyake, estas prendas debían ser fáciles de llevar y de mantener. Por eso muchas veces el diseñador las ha catalogado como “ideales para los viajeros” o como “prendas globales”. Hoy el japonés resume así el legado de Pleats Please: “Siempre he creído que la ropa debería ser anónima. Ni siquiera me preocupa que la gente las reconozca como mías. Sin embargo, aunque sean productos, deben aportar libertad a quien las lleve (…) para mí, ese es el legado”.
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