Moda

Historia del poncho: Cubrir para lucir

Tiene su origen en los pueblos precolombinos y fue adoptado por los chilenos durante la Colonia. En un comienzo solo fue usado por hombres, pero a fines de los años 60 se transformó en una prenda unisex y se puso de moda. La curadora textil del Museo Histórico Nacional, Isabel Alvarado, y la diseñadora Verónica Guajardo buscaron el origen de esta vestimenta tradicional que comenzó siendo un simple pedazo de tela rectangular.

  • Revista Mujer

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Fotos ponchos: Museo Histórico Nacional / Fotos moda: Nicolás Abalo / Producción: María Eugenia Ibarra / Maquillaje y pelo: Raúl Flores para MAC

Colección del Museo Histórico Nacional: camisa o unku, mantas de José Miguel Carrera, Bernardo O’Higgins y Manuel José Balmaceda Ballesteros, respectivamente. Poncho mapuche y un modelo para niña, tejido en 1970.

Grandes casas de moda como Altuzarra, Alexander Wang, Kenzo y Haider Ackermann, y cadenas de retail como H&M, Zara y Mango lo reinterpretan desde hace varias temporadas en sus colecciones de otoño-invierno. Lo usan desde actrices de Hollywood, como Drew Barrymore, Kate Beckinsale y Sienna Miller; hasta hombres y mujeres comunes y corrientes. Pero no siempre fue así, tan popular y unisex. En sus comienzos el poncho fue una prenda masculina, circunscrita al folclor y preponderantemente chilena. “Si bien está presente en la historia de casi todos los países latinoamericanos, impera en Chile por la identificación que tiene con el campo, con el hombre chileno”, cuenta Isabel Alvarado, curadora textil del Museo Histórico Nacional. “Hay una asociación directa entre la figura del huaso y la palabra poncho que es de 1750, y que fue la que hizo el abate Molina en su Compendio de la Historia del Reyno de Chile. De ahí para adelante será descrito como versátil, cómodo para trabajar, para abrigarse y para andar a caballo, y siempre en relación con la figura del huaso”, agrega la diseñadora e investigadora Verónica Guajardo. Esa fue una de las conclusiones a las que llegaron mientras realizaban la investigación para Mantas y Mantos, Cubrir para Lucir, el libro del que son autoras y en el que revisan la historia de estas prendas en el vestuario chileno, a través de 21 piezas textiles que pertenecen al museo. “Además de ponchos y mantas, que es una variación del primero y que usaban en un comienzo solo los hombres, tenemos una serie de mantos, que es una prenda femenina, abierta y que cubre desde la cabeza. Como quisimos estudiarlos también, los incluimos dentro del proyecto”, precisa Isabel. “Y la diferencia entre manta y poncho es relativa”, aclara Verónica. “Hay hombres de campo que dicen que el primero es más corto que el segundo, pero ambos tienen el mismo principio: un trozo de tela cuadrado o rectangular, que tiene una abertura al medio para meter la cabeza”, puntualiza.

DEL UNKU A LA MANTA
Los primeros antecedentes del poncho los encontraron en los escritos hechos por los viajeros españoles que llegaron al país durante el período de la Conquista. En ellos usan la palabra ‘camiseta’ o ‘manta’ para referirse al unku andino, una especie de camisa ancha, sin mangas, con costuras laterales holgadas, que usaban los pueblos precolombinos. “Pero no hay definiciones precisas”, dice Verónica. “Lo que sí sabemos es que la palabra ‘poncho’ aparece por primera vez en la Historia General del Reino de Chile, de Diego de Rosales, en 1674”, afirma. En su descripción, el cronista español habla de una camiseta gruesa, cuadrada, a la que llaman ‘poncho’, y que es usada para cobijarse del frío. “La confección del poncho es muy básica: es el resultado inmediato del telar indígena y su creación tiene que ver con cómo se cubre, con cómo se protege el cuerpo humano”, explica Isabel. Una vez satisfechas las necesidades de abrigo, evolucionó la intención de uso, por lo que el gesto inicial de vestirse con un poncho empezó a adquirir matices: fue producido en hilados más finos, elaborado con técnicas más complejas y se le incorporaron ornamentaciones y acabados, para darle una apariencia lujosa.

“A partir de la primera mitad del siglo XIX todos los registros que revisamos dicen que el poncho es la prenda del huaso, pero las ilustraciones, además, evidencian que lo usaban todos los hombres, incluidos los españoles, quienes se los ponían sobre su vestimenta europea”, revela Verónica. Y añade Isabel: “Lo interesante es que es una prenda transversal, que cruza los estratos sociales, que va del hombre de campo al de ciudad. Puede ser una confección más rica, más simple o más compleja, con bordados o diferentes influencias estilísticas, dependiendo de la capacidad económica y del trabajo al que se dedica quien lo usa”. En ese período, los ponchos eran tejidos por mujeres indígenas y criollas, y los había de todo tipo. De un color o listados, como el de Bernardo O’Higgins y José Miguel Carrera, que pertenecen a la colección del museo. Largos y pesados para los viajes, que eran usados como frazadas, camas o almohadas. Toscos, simples y en tonos naturales, para las faenas; o cortos, con decorados y colores fuertes, para lucirse en fiestas y celebraciones. También estaban los que eran confeccionados con telas importadas de Francia o Inglaterra, pero bordados acá, como es el caso de la manta corta del padre del presidente Balmaceda. “El origen de ese tipo de mantas, las que llegan a la altura de la cadera, tiene una razón práctica: el poncho se acorta para poder usarlo en la faena”, explica Verónica. “Pero como cuando cabalgaban se volaba, las tejedoras le agregan una huincha para hacer peso. Y al ponérsela se la giran, para dejar la mano derecha libre para las riendas”, detalla la diseñadora sobre su uso.

EL TURNO DE LAS MUJERES
Con el movimiento nacionalista que surgió a comienzos del siglo XX, debido a la celebración del primer centenario de la República, se elaboró un poncho que se transformó en símbolo de estatus: el chamanto. Un objeto textil de lujo, oriundo de Doñihue, que demora al menos tres meses en ser tejido. Su precio está por sobre el millón de pesos y a menudo es escogido por los gobiernos de turno como obsequio para visitas ilustres, tal como ocurrió con los presidentes que asistieron a la Cumbre de APEC, en 2004. “El poncho sencillo, el más común, hasta hoy se teje de la misma manera. Pero el caso del chamanto ha sido distinto”, cuenta la curadora Isabel Alvarado. “Su iconografía ha ido cambiando: en un primer momento fue similar al poncho mapuche, luego tomó motivos europeos y solo después incorporó imágenes de su entorno, como flores, vides, hojas de parra y las espigas de trigo”, especifica.

Otra variación que experimentó esta vestimenta tradicional fue a fines de la década de los 60 y en los primeros años de los 70, cuando apareció por primera vez como una prenda de abrigo femenina. Con la llegada del movimiento hippie al país y, posteriormente, con el movimiento musical de la Nueva Canción Chilena, su uso se volvió más popular. Esto permitió que dejara de ser asociado necesariamente al huaso chileno, para ser una vestimenta ligada a la moda alternativa. “Con el boom de los hippies y de la ‘moda autóctona’, las mujeres empiezan a usar ponchos. Pero estos ponchos son distintos, no son necesariamente hechos en telar, sino que son tejidos a palillo”, explica Isabel. Uno de los medios que consignaron la tendencia fue la revista Paloma, en mayo de 1973, en un artículo titulado El Reinado del Poncho, que aseguraba que ‘servían para cualquier hora del día’ y que las consumidoras chilenas y europeas se ‘los peleaban’ en las tiendas.

“Cuando tienes un grupo de prendas puedes armar un conjunto que te permite aprender más de historia. Lo único que nos faltaría en esta investigación es averiguar lo que ocurre con el poncho en los países limítrofes: Perú, Brasil, Argentina y Bolivia”, concluye Isabel.

A fines de la década de los 60 y en los primeros años de los 70 aparece por primera vez el poncho como una prenda de abrigo femenina.

La palabra ‘poncho’ aparece por primera vez en la Historia General del Reino de Chile, de Diego de Rosales, en 1674”, afirma Verónica Guajardo.