Mujer

Anna Zegna

"Absorbí el ejemplo de mi abuelo"

Es nieta de Ermenegildo Zegna, el italiano que soñó con convertirse en el mejor fabricante de telas del mundo a principios del siglo pasado. Hoy, Anna Zegna, sus hermanos y primos llevan el timón de una empresa que produce telas, trajes y accesorios de lujo reconocidos en todo el mundo y que mantiene vivo el espíritu de su fundador.

En las calles, los cafés, restaurantes y plazas de Milán es normal que todo el mundo vaya muy bien vestido, muy bien peinado y, sobre todo, muy bien calzado. Y cómodo, porque a nadie le parece una molestia preocuparse con esmero de todos los detalles de su indumentaria: desde los anteojos hasta el corte de pelo, desde el cinturón hasta el color del pañuelo de hombres y mujeres aquí es un asunto relevante, y eso le da un aire de elegancia natural a la ciudad que hace olvidar lo que se escucha muchas veces sobre ella: que el paisaje es muy industrial y que no es tan linda como Roma.

Pero las oficinas de Ermenegildo Zegna, una de las marcas de moda masculina de lujo más importantes de Italia y del mundo, no podían estar en otro lugar más que en un barrio industrial de Milán, porque su origen es ese: una fábrica que partió de la imaginación de su fundador y que hoy produce algunas de las telas más finas y más caras del mundo. Las modernas oficinas están en una construcción de metal y cristales que sobresale por su brillo en un vecindario de edificios antiguos. Un minuto después de cruzar el umbral blanquísimo y silencioso aparece Gloria. “Buon giorno, soy la asistente de Anna Zegna, ella la espera en su oficina”, nos dice. Gloria mide 1,80, camina sobre unos tacos color plata altísimos y lleva un vestido de corte geométrico hecho en lino blanco. Su pelo muy corto teñido de rubio platinado solo en las puntas y los anteojos de marco blanco estilo gatúbela que tiene puestos sobre unos ojos cuidadosamente maquillados hacen imposible desviar la vista de ella. Nos deja en una salita impecable con un café. Como casi todo es de cristal, desde allí se puede ver a los empleados de Zegna deambular. Es un día que partió agitado. Hace una hora fue la presentación del principal desfile de la marca en la que mostraron su colección para la primavera y verano, y el desmontaje todavía está en curso. En poco rato notamos que todos quienes ahí trabajan van vestidos como Gloria. No con el mismo vestido, sino todos de blanco, o de ostra, o de crudo o de crema. Algodones, linos, gasas y sedas en esos tonos, con zapatos perfectamente combinados. “No es uniforme”, aclara Anna apenas nos escucha preguntar por qué todos parecen ángeles en esta oficina. “En plena semana de la moda nos gusta representar el espíritu de la colección que recién mostramos, que es fresco y luminoso. Cada uno se pone lo suyo, pero en estos colores”. Es difícil no empezar hablando de ropa con la directora de imagen y presidenta de la Fundación Zegna. Su ADN está ligado al mundo textil desde hace por lo menos un siglo y ha dedicado toda su vida laboral al mundo de la moda.

¿Tus colores favoritos son los neutros? En verano, sí. Pero también amo el azul. Diría que el blanco, azul y beige son mis colores predilectos. Me gusta poner sobre ellos algunos acentos de color: el brillo de un accesorio con algo de naranjo o rojo. Creo que si se tiene cierta disciplina con los colores, es posible hacer mezclas de prendas de un año con otro. En mi guardarropa no puedes distinguir  una temporada tras otra, en él más bien hay continuidad, así añado piezas que se integran al total.

Cuando compras ropa, ¿en qué te fijas? Prefiero la ropa bien cortada. Odio las cosas que no están bien fabricadas e impecablemente cortadas. Me encantan las blusas, y como tiendo a viajar bastante a menudo, necesito ropa que ‘viaje bien’ y ahí la calidad de la tela es muy importante. Debe ser porque soy Zegna que siempre toco las telas, debo sentirlas con las manos justo después de mirarlas, y si no me gusta lo que siento, ni siquiera me lo pruebo.

Cuando Anna dice “debe ser porque soy Zegna” está hablando de una historia que empezó a fines del siglo XIX, cuando el relojero Angelo Zegna vio nacer al último de sus 10 hijos y lo bautizó como Ermenegildo, un nombre poco común aun en esos años. Era 1892 y faltaban solo 18 años para que ese niño fundara las bases de su poderosa industria. Todo empezó con la construcción del Lanificio Zegna (un ‘molino’ de lana) en 1910, en Trivero, localidad enclavada en los Alpes cerca de Biella. Allí Ermenegildo comenzó a producir telas con el propósito de llegar a hacer “las más bellas del mundo”. Más de un siglo después la fábrica sigue en el mismo lugar, pero el escenario es muy diferente. Zegna le dedicó mucho tiempo y el equivalente dinero a transformar ese lugar -un peladero- en una montaña poblada de árboles y flores donde hoy está el Oasis Zegna, una reserva ecológica que hasta hoy es fuente de inspiración y orgullo para la familia. El patriarca creía que la calidad de su trabajo estaba íntimamente relacionada con la belleza del lugar del que provenía y por eso siempre invirtió gran parte de sus ganancias en enriquecer el entorno. Hizo caminos, plantó miles de árboles y trazó un sendero poblado de rododendros. En los alrededores de la enorme fábrica puso su casa y la de sus hijos y nietos. Pero también un centro social, sala de cine, un centro médico, biblioteca y una piscina para sus empleados, cuestión que en los años 30 era un auténtico lujo.

Centrado en su objetivo de producir la mejor tela, se dedicó a buscar las materias primas de más alta calidad en todo el mundo. Lo mismo hizo con la tecnología: siempre estaba pensando cómo perfeccionar el proceso de producción. Todo lo que descubría, todo lo que compraba, todo lo que planeaba quedaba anotado en unas libretitas donde apuntaba meticulosamente cada detalle. Esas decenas de cuadernitos están hoy en el archivo de la casa-museo (donde él antes vivió). Eso y un registro completo de la evolución de la marca desde los años treinta hasta hoy, una transformación que se dio bastante rápido gracias, en gran parte, a la enorme importancia que le dio siempre a innovar.

Angelo Zegna, tu padre, ha dicho que Ermenegildo “era un ecologista mucho antes de que existiera el término”. Exacto, hoy se habla de ecología, pero entonces se hablaba de ‘respeto por la tierra’. Alguien que planta medio millón de árboles en un cerro es alguien que piensa mucho más allá de él y de su generación. Eso es para mí lo que significa un negocio familiar: que no estás aquí para hacer el trabajo y punto, sino para hacer un aporte mayor. Hoy, por ejemplo, esta compañía planta un árbol por cada nuevo hijo de un empleado nuestro. Tal vez yo no veré esos árboles grandes, pero qué importa si estarán en esa montaña para siempre.

¿Qué recuerdos tienes de tu abuelo? Muchos, porque murió hace solo nueve años, compartí bastante con él. Era un caballero muy serio pero muy gentil. Creo que de niña me sentía del mismo modo intimidada y fascinada por su presencia, porque él era considerado un verdadero padre, no solamente de la compañía sino del territorio del que era dueño. Tenía un abuelo que era un señor muy importante y que había hecho mucho por su pueblo. Cuando eres niño no aprendes tanto por la razón como por la intuición, y yo absorbí su ejemplo sin saberlo.

¿Siempre supiste que te ibas a convertir en una ejecutiva de la empresa o fue una elección? No sé si soy una ejecutiva (ríe). Pero creo que cuando estás en un negocio familiar y tu familia te involucra en todas sus actividades y conversaciones es inevitable seguir ese camino. En Italia eso es así: la familia, la mesa, la comida, es un lugar donde pasan muchas cosas siempre. Compartimos todos con todos, entonces seguramente fue algo natural.

¿Cómo encontraste tu propio espacio? Mi padre siempre me motivó a buscar cuál era mi mejor cualidad y siempre estuve más interesada en la parte creativa que en la contabilidad. Lo que estudié (ciencias políticas y marketing) también me llevó a esto. Y bueno, tuve la oportunidad de trabajar con Gianni Versace por tres años y eso fue muy productivo e inspirador. Fui aprendiendo a hacer distintas cosas, entendiendo cuáles eran las necesidades de la empresa.

Empezaste en Versace y no en Zegna. Sí, hay una regla en nuestra compañía que es nunca empezar en ella. Los tres primeros años de experiencia son afuera. En esa época Zegna estaba produciendo la colección de hombres para Gianni Versace y mi padre le pidió que me recibiera para trabajar con él como relacionadora pública.

¿Cómo fue la experiencia? Fantástica. Él era una gran persona, realmente quise mucho a Gianni.

¿Lo extrañas? No, porque mi vida tomó su propio curso después, pero creo que él fue mi gran maestro. Me da mucha pena que su vida haya terminado de esa manera, pero creo que hay personas que aunque no estén a tu alrededor, dejan una marca en tu vida. Gianni para mí fue eso, me enseñó mucho, tenía una mente totalmente creativa. 

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