Semiótica de la moda
Los zapatos de plataforma que Ferragamo presentó en 1938, o el bikini que Louis Reard mostró en 1946. El traje bar de Christian Dior, en 1947, y la chaqueta de tweed de Chanel, en 1956. La minifalda de Mary Quant en 1964 y el vestido Mondrian de Saint Laurent, al año siguiente. Cada uno de estos hitos de la historia del vestuario sirve para estudiar la moda en relación a la economía, el arte o la sociología, ya que remiten a relaciones comerciales, a los códigos sobre lo que era o no estético y las normas de comportamiento social que existían en determinados momentos históricos. Sin embargo, la semiótica (o semiología), la disciplina que estudia los signos en la vida social y el sentido que expresan sus mensajes, propone una perspectiva diferente.
Rafael del Villar, sociólogo, doctor en semiótica, vicepresidente de la Federación Latinoamericana de Semiótica y director de Investigación del Instituto de Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile, antes de explicar en qué consiste esa mirada, aclara: “No se trata de hacer un análisis como si hubiera un diccionario con los significados de las formas o los colores; eso sería poco serio. No se puede reducir el tema a que ‘ya, uso este corte de vestido porque significa esto’ o ‘uso este color por esto otro’, porque si así fuera, seríamos como un computador, y eso no corresponde a la vida. La moda es como el arte”, dice. “El significado de sus elementos está en función de la totalidad a la que pertenece. La semiótica la evalúa y profundiza en ella, entendiéndola como un lenguaje que expresa un modo de vida”.
¿Cómo refleja eso? Estudiando tres aspectos: el cuerpo, la gestualidad y la temporalidad. La vestimenta está hecha de líneas, de cortes y de colores. Estos elementos establecen relaciones de espacialidad entre la persona y el lugar en el que está. Por ejemplo, no vas a ir a trabajar con un vestido de fiesta de Vivienne Westwood o con uno renacentista; imagínate una mujer vestida así en una oficina: cambia todo el sentido. Entonces, ahí hay que ver qué significan esas siluetas en esos espacios, a qué estilos hacen referencia, qué tienen que ver con el arte o con la cultura en la que están inmersas. Otro ejemplo: me llama mucho la atención la gran diferencia que hay entre la vestimenta de las mujeres negras de Francia y las de Estados Unidos. En un carro del metro de París vi a una que tenía las mejillas más anaranjadas, como una tonalidad natural del color de su piel; que se había dibujado una rayita en la frente, del mismo color, y que andaba con un vestido de las mismas tonalidades. La veías y parecía una obra de arte. En cambio, la mujer negra estadounidense tiende a parecer blanca en sus gustos a la hora de vestir. Pero, más importante que eso, es que no le saca partido a su físico ni a su piel, que son muy distintos.
¿Qué rol cumple el cuerpo en esas relaciones? Además de la composición del vestuario, está la del cuerpo, con sus volúmenes, con su color de piel, con su estatura. La ropa no solo expresa a través de su materialidad, de la tela o de los estampados. La usa un ser humano que tiene un cuerpo real, heredado biológicamente, que puede ser delgado, con cara redonda o de poca estatura. Se escoge una chaqueta o un pantalón en función del físico y este tipo de decisiones reflejan una individualidad que tiene efecto sobre uno y sobre los demás. Si eres jefa o una ejecutiva de una empresa donde hay puros hombres, vas a escoger tenidas que den la idea de autoridad, de rigor o de elegancia, como los trajes clásicos de Yves Saint Laurent o Armani. En ese caso, la moda está creando una estructura a través del corte que tienen las prendas, del cuerpo de la mujer que lo escogió, en el espacio en el que estará: una oficina de una sociedad patriarcal y machista, donde la mujer debe demostrar no solo con su trabajo que merece ese puesto.
¿Cómo opera ahí la gestualidad? Cuando te vistes, modelas tu conducta social y presentas un cuerpo ‘socializado’, que regla tus relaciones sociales y que va delimitando cómo te desenvuelves en él. En ese sentido, los gestos muestran si es que hay equilibrio entre tu cuerpo vestido, cubierto, y tu ser. Por ejemplo, los venezolanos eran expertos en ganar el concurso Miss Universo. Establecieron matemáticamente que ciertas medidas corporales determinaban la belleza de una mujer y mandaban a las modelos a hacerse cirugías estéticas. Eso antes funcionaba, pero hoy ya no. Y eso pasa porque ya no importa tanto si eres rubia, morena, baja o alta. Ahora también son relevantes tus gestos, cómo expresas tu mundo interior. No cualquier peinado te viene, no cualquier ropa se relaciona contigo. Puedes ponerte la ropa de última moda y verte mal o sentirte incómoda.
Pero la moda, al ser masiva ¿no tiende a estandarizar? Es que muchas veces se la observa como si no hubiera pasado el tiempo, como si la sociedad fuera estable. Cuando yo nací había pocos canales de televisión, toda la gente veía lo mismo y todos tendíamos a ser más o menos iguales. Antes existían grandes salas de cine, ¿y hoy? Grandes cines, pero con muchas microsalas. Vivimos en un período donde ya no existe un centro de referencia común, que antes sí existía, como por ejemplo Coco Chanel. Cuando el mundo comienza a pluralizarse, a partir de los años 60, ya no tienes homogeneidad. Sigue habiendo referentes, pero hay muchas tendencias, nuevas estructuras y otros públicos. Ya no todas las personas quieren ser como las modelos o las estrellas de Hollywood. Empieza una diferenciación que dice relación con los roles productivos de la gente y con la aparición de subculturas que generan nuevos sentidos. La moda que se quiere seguir ya no es necesariamente la europea, la de Estados Unidos, o la que publican las revistas de moda. Se toman cosas de distintas esferas, de una película, de un grupo musical, de libros, de una tribu urbana, y se suman a la vida, en este caso, a la ropa. Un ejemplo es la marca española Desigual, que lleva al extremo la estética posmoderna, haciendo diseños con distintos pedazos de telas, haciendo una especie de collage, lo mismo que hacía Picasso en sus cuadros cubistas, que desestructuraba las formas.
También cambiaron las formas de consumo. Claro, basta con ver la publicidad. Hay un comercial del perfume J’adore, de Dior, en el que la actriz Charlize Theron se desnuda, camina, se acerca a una ventana y nunca mira a nadie. Está en un espacio de ensoñación, sola, transmitiendo que ella hace lo que hace porque quiere, que no está perfumándose para ser el objeto de deseo de un hombre, sino para ella, porque se lo merece. Y eso es característico de ahora: la gente ya no compra por una función determinada. No estás comprando realmente un perfume, porque ¿para qué quieres un perfume? ¿Para qué sirve? Lo que compra la gente son sueños. Antes el sueño era uno: ser como el poder. Ahora el sueño es sé tú mismo. Sé tu propio sueño.
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