Mujer

Elizabeth L.Cline

El alto precio de la moda

Dejó de ser una fashionista empedernida, limpió su clóset y rescató solo lo indispensable y lo bien confeccionado, aprendió a coser y escribió un libro: Overdress, The Shockingly High Cost of Cheap Fashion. En él esta periodista estadounidense se adentra en el backstage de las ofertas y arma un panorama de cómo consumimos moda. Un recorrido que la llevó desde las tiendas de lujo de la Quinta Avenida en Nueva York hasta fábricas situadas en China.

Setenta y una blusas, veinte suéteres, quince cárdigans, sesenta poleras, veinticuatro vestidos, trece jeans, dieciocho cinturones, veinte pares de zapatos, catorce chaquetas y la misma cantidad de shorts. En total la periodista Elizabeth L. Cline tenía 354 prendas. Para contarlas y clasificarlas despejó dos clósets, una bodega y cuatro cajas que guardaba bajo su cama. En el proceso demoró tres semanas.   “Ahí me di cuenta de que tenía más ropa que cualquier otra cosa, pero que no conocía nada sobre ella. Chequeaba cada uno de los ítems de la tabla nutricional de los huevos que compraba, pero nunca se me había ocurrido mirar las etiquetas de mi ropa”, asegura en el primer capítulo de su libro Overdress, The Shockingly High Cost of Cheap Fashion (Sobrevestidos, el Sorprendente Alto Precio de la Moda Barata), publicado en junio de este año.

Ella era una adicta confesa a las liquidaciones, y esta auditoría a su armario fue gatillada precisamente por una sesión impulsiva de compras. Una tarde, después de un estresante día de trabajo, salió de un megasupermercado con siete pares de zapatos (del mismo modelo pero en diferentes colores) que había encontrado en oferta.  Meses después, cuando se dio cuenta de que solo había ocupado dos pares, decidió hacer un cambio de vida. “Mi clóset estaba sobrecargado, compraba cosas y a veces no las usaba. Comprendí que había gastado dinero de más y que estaba enviando kilos de desecho al medioambiente. Eso me motivó no solo a limpiar mi clóset sino también a comenzar esta investigación que transformó mi manera de relacionarme con la moda”, cuenta al teléfono desde Nueva York.

Demoró tres años en escribir este libro -paralelamente mantuvo su trabajo como editora en la cadena de televisión AMC-, en el que intenta, desde el punto de vista del consumidor, descifrar cómo funciona la industria del retail a gran escala. “Quería entender el cambio del mercado y por qué nuestros abuelos y bisabuelos podían conseguir ropa bien confeccionada a un costo razonable. Y no solo eso: ellos la valoraban y cuidaban independiente de su precio. Para nosotros, en cambio, el vestuario es un bien desechable”.

¿Qué gatilló este cambio de mentalidad en las nuevas generaciones? Por lo menos en Estados Unidos comenzó cuando se dejó de producir localmente. La clase media se hizo más pobre cuando nuestras industrias decidieron llevar sus fábricas a China. A cambio, el retail les dio a los estadounidenses los productos que generaban a muy bajo costo en países del Tercer Mundo. Eso influyó en nuestros hábitos de consumo, haciendo que cada vez compremos más artículos que finalmente son desechables.

Cuando el retail ofrece prendas de muy bajo costo, ¿en qué está economizando? Yo todavía me sorprendo de los precios que veo en las tiendas. En una liquidación de H&M, por ejemplo, puedes encontrar un par de jeans a dos dólares. Esto es posible porque estas grandes cadenas buscan por todo el mundo hasta encontrar la mano de obra más barata. Si hacen su ropa en un lugar como Bangladesh, donde los trabajadores ganan 43 dólares al mes (aproximadamente $21.000), claramente les da ventaja sobre el precio final. Pero la calidad de lo que compramos ha bajado drásticamente en las últimas décadas. Hoy es casi imposible ir a una tienda y encontrar algo bien hecho o de materiales nobles por un precio asequible.

Viajaste a India, República Dominicana y China para investigar los procesos de producción. ¿Qué fue lo que más te llamó la atención de esas realidades? Definitivamente China me sorprendió mucho.Tenía una imagen preconcebida muy diferente a lo que es este país hoy. Esperaba encontrarme con fábricas de trabajo forzado y malas condiciones, pero la realidad era muy distinta: los trabajadores de esas fábricas vestían muy a la moda. Para ellos los precios son aun más bajos y eso ha desarrollado una pasión por la ropa en todos los niveles económicos. Más que sorprenderme positivamente, me preocupé porque si ellos también comienzan a considerar la ropa como un artículo desechable, eso significa que billones de personas van a desechar al mismo ritmo que los occidentales. Eso es inviable para el medioambiente.

¿Qué responsabilidad tiene la industria de la moda sobre las condiciones de trabajo en esos países? Moralmente, mucha, aunque legalmente no sean responsables. Ellos tienen un margen de ganancia enorme. Las compañías multimillonarias tienen la responsabilidad moral de subir los sueldos que hoy se están pagando en las fábricas de Bangladesh o Vietnam. H&M creó una ‘colección consciente’, pero en sus etiquetas no hay nada que especifique que esa ropa es manufacturada por personas que reciben una paga digna; solo habla del material con que se producen. Si es orgánico pero injusto, no vale nada. Creo que es importante apoyar esas iniciativas pero también recalcar que les queda mucho camino por recorrer.

¿Cuáles son los cambios que debemos hacer como consumidores? Creo que son iniciativas bien sencillas y seguramente son cosas que nuestras abuelas ya sabían: compra menos, cuida lo que posees, busca en tu clóset y combina tus prendas creativamente. Estas cadenas de retail esperan que vayamos de compras todo el tiempo y que tratemos la ropa como algo desechable. Si nos rehusamos, ellos inevitablemente tendrán que cambiar su modelo de negocios. Además, cada vez que podamos, deberíamos preferir diseñadores locales y arreglar lo que se ha dañado. Otras alternativas son la ropa usada y los swap parties, donde puedes intercambiar vestuario con tus amigas. Pero lo principal es pensar antes de comprar: ¿Lo necesito? ¿Lo quiero de verdad? ¿Lo voy a cuidar como corresponde?

Algo similar a la filosofía de ‘menos es más’.
¡De todas maneras! Muchas veces la gente me pregunta cómo puedo comprar ropa de buena calidad, pero no es tan difícil. Me parece que la gente cierra los ojos cuando va a una de estas tiendas porque si ellos miraran la ropa se podrían dar cuenta rápidamente dónde va a fallar o si va a resistir un par de lavados. Y eso, inevitablemente, te hace cuestionar si debes comprarlo. Cuando inviertes en ropa tiendes a cuidarla más; se crea una relación de cariño.

¿No crees que los bajos precios puedan democratizar la moda? Muy por el contrario, creo que nunca hemos estado en un escenario menos democrático. Antes podías comprar algo que estaba razonablemente bien hecho por un precio justo. Ahora toda la ropa bien confeccionada está sobrevalorada y muy poca gente puede acceder a ella. Para los demás está la ropa barata de poliéster que con poco uso se cae a pedazos. No creo que eso sea democrático. 

¿Crees que la industria del lujo está sobrevalorada?
Creo que, en algunos casos, sus precios sí reflejan una dedicación en la confección y en el trabajo artesanal. Pero lo que no entiendo es por qué esos valores han subido tanto en los últimos años cuando el proceso sigue siendo el mismo. Y no le veo otra explicación más que esta nueva obsesión con ‘la marca’. Se paga demasiado por lo que simboliza, incluso si te fijas en las etiquetas de estos diseñadores top igual dicen ‘hecho en China’.

Moda non stop

Según la investigación hecha por Cline, un estadounidense promedio compra dieciséis prendas de ropa y ocho zapatos anualmente. Más de 20 billones de artículos al año solo en ese país. Una mujer, en la década de los 30, en EE.UU., tenía en promedio nueve tenidas.  “En lo que va de este siglo la verdadera tendencia son las tendencias cambiantes. Son demasiadas para llevar la cuenta, cada vez pasan más rápido y se requiere más esfuerzo para seguir el ritmo”, dice.

¿Cómo cambió tu manera de comprar después de escribir este libro?
Honestamente puedo decir que compro mucho menos y que ya ni siquiera entro a cadenas de ropa barata como H&M, Forever 21 u Old Navy. No las extraño. Yo amo la ropa, por eso mismo quiero tener cosas buenas y esas tiendas me dejan insatisfecha. Otra cosa que ha cambiado es que hoy veo la ropa como algo con lo que interactúo; la conozco más. Aprendí a coser y desde esa experiencia trabajo en mi clóset para que refleje mi personalidad y mi estilo.

¿Aprender a modificar tu ropa te ayuda a conocer lo que te queda bien? Absolutamente. A mí me ha abierto los ojos. Conocer qué nos queda bien es indispensable para los que amamos la moda. También te hace un mejor consumidor. Desde que confeccioné un par de blusas pude conocer más sobre las telas y cómo se adaptan. Ahora miro los forros y las costuras. Ahí me doy cuenta de si vale la pena o no.

¿Cuál es el rol de las revistas de moda en este escenario? Creo que juegan un rol muy importante, pero lamentablemente están estrechamente vinculadas con la industria y trabajan juntos para fomentar la compra. El enfoque es: ‘compra lo último’ y no ‘compra cosas que ames y que te queden bien’.

¿Y el rol de los blogs? Los blogers me decepcionan mucho más porque deberían ser más independientes. Ellos fomentan algo que encuentro demencial que es la moda non stop. Yo vivo en Brooklyn y acá se impone una tendencia nueva todos los días. Sin exagerar. Y el mensaje de los blogs de moda es que finalmente tienes que comprar constantemente para estar al día. Quisiera que los blogers integraran más piezas vintage o maneras creativas para transformar tu ropa más que la idea de seguir las tendencias sin parar. Que las tendencias cambien todos los días hace que la moda se sienta como algo vacío.

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