A partir de los años 80, la moda occidental incorpora a las pasarelas indumentaria y materiales tradicionalmente asociados a prácticas fetichistas. La visibilización de la ropa interior define esta tendencia que juega con la puesta en escena de aquellos aspectos conflictivos de la sexualidad humana para despojarlos de su carga negativa. Medias, ligas, tacos aguja, corsés, fajas, guantes, operan ahora como llamados de atención que alimentan el negocio de la moda.
Las medias caladas negras integran este grupo de fetiches, al que, por su potencia erótica, se le atribuye la capacidad de provocar sensaciones de orden visual y táctil. Se popularizan en la década de los 60 de la mano de los coloridos minivestidos y jumpers, amplios y cortos, propuestos por Mary Quant y Pierre Cardin. En ese momento se llevan con zapatos planos, lo que de algún modo infantiliza el efecto final. El acortamiento paulatino de las faldas determina la aparición de las pantis, que cubren la zona comprendida entre la punta del pie y la cintura.
La connotación erótica de las medias es de más larga data y se modifica a lo largo de la historia. Se desarrolla a partir del refinamiento de los hilados (seda artificial, nailon) y la aparición de tecnología textil capaz de producir piezas visualmente atractivas y con una mejor adherencia a la piel (tejido circular). Cuando en el siglo XIX se suman medias de colores distintos al blanco, el uso de medias negras -salvo para luto o deporte- define a las mujeres de ‘vida ligera’.
La historia de las medias como fetiches se vincula necesariamente a la de aquellos accesorios que se emplean para sujetarlas. En los años locos, piezas de color carne que simulan la piel desnuda forman un todo con ligas metálicas profusamente decoradas. Las señoritas más audaces las llevan justo sobre la rodilla para permitir que se asomen azarosamente, gracias a que el largo de vestidos alcanza una altura similar.
En los años 40 las medias negras transparentes, con una talonera en forma de flecha y una costura posterior a la vista, acompañadas de tacos, aportan lo suyo. Desde el plano simbólico señalan un recorrido visual que parte en el talón y culmina en el trasero, enmarcado por los tirantes delanteros del portaligas que las sostiene.
Con la desaparición de estos últimos elementos el énfasis se sitúa en la media misma y en la idea de ‘segunda piel’. El giro refuerza una de las cualidades más importantes de la prenda fetiche: ‘capturar la carne’.
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