Carla Guelfenbein:
¿Diez años?”, duda Carla Guelfenbein y va hasta el librero donde guarda los ejemplares de sus tres primeras novelas. Busca El Revés del Alma, lo hojea y encuentra la fecha de la primera edición. “2002”, lee y recae en lo que será la primera reflexión de esta tarde. “Tienes razón. Son justo diez años”, dice sobre el período que ha transcurrido entre aquella publicación y Nadar Desnudas, su cuarta novela. Cuatro años demoró en terminar este relato que pronto llegará a las librerías de Alemania y que será editado en Francia durante el año 2013. Por primera vez la autora de La Mujer de Mi Vida (2005) y El Resto es Silencio (2008) describe una historia que transcurre en los convulsionados días de la Unidad Popular y los dramáticos meses posteriores al golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. La tragedia íntima de sus personajes corre en paralelo a la tragedia colectiva de Chile: Diego, un asesor directo del presidente Salvador Allende; su hija Sophie, de 18 años, quien ha llegado desde Francia a vivir con él, y Morgana, una estudiante española de 22 años, hija de un diplomático franquista, que se cruza en la intimidad de padre e hija, primero para convertirse en la gran amiga y soporte emocional de la muchacha, y luego para transformarse en el amor del padre. Relaciones que se irán tensionando en la misma magnitud en que se irá dañando la convivencia social entre los chilenos. Traición filial y traición de la amistad; pasión y transgresión, son algunos de los asuntos que laten en el texto.
Durante el proceso de escritura la autora volvió a conectarse con episodios de su vida familiar, como el allanamiento de su casa por parte de agentes del régimen de Augusto Pinochet; la detención y retención ilegal de su madre, la profesora de filosofía y militante socialista Eliana Dobry; el miedo que sintió durante las tres semanas en que su mamá estuvo desaparecida; su exilio a los 17 años. El regreso a Chile en 1987. Pero no quiere que Nadar Desnudas se lea como un libro de la época de Allende, sino como una novela de tres individuos que viven en ese tiempo. En una segunda parte del relato -de la que prefiere no hablar para no romper el código con los lectores- surgirán otras ideas como la persistencia de la memoria, el ocultamiento de la verdad y tantos otros tópicos que, a casi 40 años del golpe militar, aún están en el discurso público y privado de los chilenos.
Una oportunidad dramática
“Han sido diez años de aprendizaje absoluto, un proceso de descubrimiento. En cada libro, inconscientemente, me he planteado un nuevo desafío, ya sea desde la mirada, la temática, la forma o la prosa. En este tiempo he logrado una depuración del modo en que digo las cosas; sin crear con fuegos de artificio para que la literatura parezca intelectual, elevada. Siento que lo elevado está en el contenido. Literariamente, esa ha sido mi búsqueda hasta llegar a esta novela en la que he buscado lo simple y lo profundo”, sintetiza.
¿Cómo la empezaste a gestar? Me dio la impresión de que significó una gran concentración emotiva y una fuerte conexión con un periodo que nunca habías abordado del modo en que lo haces acá. En la idea original no estaba el contexto político nacional. Primero apareció la interioridad de los personajes, y es lo que me ha pasado siempre. En la medida en que empiezo a verlos, ellos comienzan a encontrar su época histórica. De pronto surgió que estaban situados en los años 70, en Chile. Cuando me di cuenta de eso dije “esto tiene una posibilidad dramática espectacular”. Mi objetivo no era poner de manifiesto ciertos puntos de vista personales sobre lo que ocurrió en el país. Este es un retrato que tiene un punto de vista emocional; no hay un discurso político. Como te decía, vi que esa época era una oportunidad dramática, tanto como la Segunda Guerra Mundial o las Guerras Napoleónicas. Son momentos en que el ser humano se ve enfrentado a sus grandes miedos y a sus grandes dilemas. La Historia es tan fuerte que entra en la vida de la gente de una manera brutal, y ese contexto te permite hablar sobre temas como jugársela o no jugársela por las convicciones; el cómo lidiar con el enemigo; la mirada que vas a tener sobre el otro; la posibilidad de diálogo o no diálogo. Son cosas que no planteo directamente, pero están dando vuelta en cada escena.
¿Siempre pensaste que esta época iba a aparecer en alguno de tus textos? Por supuesto. Y creo que este fue el minuto apropiado, porque tengo la suficiente distancia para mirarlo con tranquilidad, y no centrarlo en mí. Siento que este tema va a volver una y otra vez en la narrativa, en el cine. Ahí está la película No, de Pablo Larraín.
Es como el título del documental de Patricio Guzmán, Chile, La Memoria Obstinada. Sí, eso es. La imposibilidad del ser humano de olvidar, y ese tema está en la novela: la única manera de reconciliarse con la historia personal y nacional es enfrentando la memoria. Hay que ponerle palabra a lo innombrable, y una vez que lo haces se produce un proceso de sanación natural.
Espejo del mundo
“Lo que me interesaba, en general, era mostrar cómo la Historia entra en la intimidad de las personas y la cambia. Pero, finalmente, lo que me importa es la particularidad, la intimidad, que tiene que ser el espejo del mundo exterior”.
Justamente eso es lo que uno advierte. Cómo la tensión que viven los protagonistas va en paralelo a la tensión que se vive en Chile. Este escenario externo que va arrasando con un país es el reflejo de esta historia personal que va arrasando con los personajes. Lo externo los va cercando, y sus sentimientos también los van arrinconando. El amor entre Diego y la mejor amiga de su hija cada vez tiene menos espacio para respirar. Ellos se dan cuenta de la traición que están cometiendo y surge la culpa. Diego presiente el fin de su historia de amor, y también el fin de un sueño colectivo.
Mucho antes de que todo se desate Diego y Morgana hablan de que tienen miedo a desaparecer, a diluirse. Es como un designio. Es el pulso natural de la narración, no son ideas que tenga preconcebidas. El miedo de Diego y Morgana aparece en ellos, no porque yo quiera hablar sobre la memoria. Son pulsiones internas que los mismos personajes te van iluminando. No hay una racionalización previa. Después te vas dando cuenta de lo que existe debajo de lo que has escrito.
En Nadar Desnudas retomas una gran temática de la literatura universal: la traición. Absolutamente. Y la traición se une con el tema de la pasión. Mientras escribía me iba haciendo preguntas: ¿la pasión necesita la transgresión para alimentarse?; ¿el amor de Diego y Morgana nace truncado por el hecho de que la estabilidad de Sophie depende de ellos dos?; ¿por qué el amor extramuro resulta tan atractivo? Lo que yo hago es retomar un tema antiquísimo: el amor imposible y cómo el amor entre Diego y Morgana nace de esa imposibilidad y se alimenta de ella. El padre está transgrediendo a su hija, entonces surge otra pregunta: ¿puede un amor ser feliz habiendo herido a las personas que están más cerca de los protagonistas de ese amor?, ¿cuál es el límite? Ese tema y el de la pasión y la transgresión me parecen fascinantes, y ambos son la piedra angular de la novela.
¿Y qué te respondiste? No tengo respuesta. A mí me encanta no llegar a conclusiones en mis textos. La función de la literatura no es dar respuestas, sino más bien plantear preguntas que se resuelven en la mente del lector. Algunos dirán “por ningún motivo; primero está el cuidado hacia las personas que queremos”. Pero habrá otro que diga “la pasión es la pulsión vital del ser humano, y si no la llevas a cabo estás cercenando tu vida para siempre”.
Tus personajes intentan definir el amor. Una de ellas dice que el amor que siente es solitario como el de todos los amantes. Y otra plantea que el verdadero amor es el imposible, el que nunca llega a asentarse por completo. Todas estas ideas surgen de los personajes y ellos me traen las preguntas: ¿Es el amor una actividad solitaria? El fin último del ser humano es fundirse en el otro y eso es lo que llamamos amor, con ‘A’ mayúscula, pero resulta que hay una imposibilidad física. Estamos definidos por nuestro cuerpo y el cuerpo tiene un límite que es la piel. No hay manera de fundirse. Esta inviabilidad física es una metáfora de la inviabilidad emocional y espiritual de fundirse con el otro. Yo, de verdad, pienso que el amor es solitario. No es que mi mirada sea derrotista, de hecho creo que esta novela es una suerte de alegoría sobre el amor.
Hay otra idea interesante: el arte como refugio y reparación. A pesar de la traición y de la tragedia familiar y colectiva Sophie sigue creando y se convierte en artista. Eso tiene que ver completamente conmigo; es un elemento muy autobiográfico. Desde muy chica siempre vi la lectura y la escritura como un refugio. Cuando salí de Chile a los 17 años escribía y escribía, y leía y leía, y así me protegía de la adversidad. Poner en palabras lo que fuera me conectaba con mi ser más profundo y me daba tranquilidad. Y esa es la manera en que Sophie usa su arte.
Partimos hablando del ciclo de diez años que estás cumpliendo. ¿Has pensado en lo que vendrá ahora en términos de tu escritura; de tus aspiraciones literarias? Con respecto a cosas que quiero decir o no decir, no tengo ninguna urgencia. No soy filósofa, ni psicóloga, ni socióloga en el sentido de que tenga un análisis sobre el mundo. No tengo ninguna gran verdad que tenga pendiente comunicar. Lo que sí me importa es crear personajes que resuenen en las emociones de los lectores. Y me interesa evolucionar hacia una literatura que sea cada vez más depurada. Tengo un instinto de cómo quiero que sea mi escritura y quiero llegar hasta ese lugar.
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