Una de las frases más recurrentes en la humanidad es: “Yo solo quiero ser feliz”. Frase que -estoy segura- es una de las grandes causantes de nuestra infelicidad. El solo hecho de pronunciarla implica que no lo somos y que debemos hacer ‘algo’ por alcanzarla. Cabe recalcar también que ese ‘solo’ que suele acompañar a esta aseveración implica que el anhelo de ser feliz es algo mínimo, y que se está renunciando a otras aspiraciones más ambiciosas por él.
El punto es que no estoy segura de que la felicidad exista. Yo por lo menos no la conozco. Conozco la alegría. Esos momentos que de pronto estallan en mi corazón, y que son provocados por las más simples o las más complejas experiencias, y que luego desaparecen. Pero la ‘felicidad’, esa suerte de limbo perenne en el cual el dolor, la pérdida, la envidia, las ganas de romperle la cara a alguien no entran, esa no lo conozco.
Tal vez el sentimiento que con más frecuencia experimento es ‘interés’. Algo que dentro de mí se agita, que me impulsa y conduce hacia un sitio donde antes no había estado. También añoranza, celos, rabia, miedo, inquietud. Emociones que no juegan en la cancha de la Felicidad. Pero, ¿es eso tan malo?
Hace algunos días, en mi taller de escritura, una de mis alumnas escribió un cuento feliz. Estaba muy bien redactado, tenía sus momentos de acierto, pero a todos nos resultó no solo poco creíble, sino que aburrido. “Las familias felices son todas iguales”, dice Tolstoi, “en cambio las infelices lo son cada una a su manera particular”. Recuerdo que cuando me llegó mi turno de decirle lo que pensaba -entre otras muchas cosas-, le dije que no tuviera miedo de entrar dentro de sí, de llegar a esos lugares no luminosos donde están los sentimientos ‘feos’. Es justamente en ese fondo donde se encuentra el yacimiento de su creatividad, de su particularidad.
Lo cierto es que en los tiempos que corren, estos sentimientos no son bienvenidos. Así como yo huyo de la gente sospechosamente feliz, la mayoría de las personas huye de quienes tienen las agallas de salir al mundo sin su máscara de la felicidad, como si la melancolía y la tristeza fueran una enfermedad contagiosa. Esas personas son vistas como ‘depresivas y deprimentes’. Lo paradójico es que bajo las lindas mascaritas de la felicidad, todos ocultamos nuestra cuota de infelicidad. Resulta bastante cínico, si lo pensamos bien. Y triste. Porque no hay posibilidad de establecer verdadero contacto con los otros cuando se lleva una máscara. Las personas que pretenden ser felices viven en la superficialidad de la vida, sin jamás ser tocados ni tocar el corazón del otro.
Ser una persona no-feliz no significa poseer un alma oscura ni triste. Los sentimientos fuertes, aquellos que nos recuerdan que estamos vivos, no son necesariamente felices. El amor, por ejemplo, o la pasión, e incluso la esperanza, portan dentro de sí la posibilidad de la pérdida y del fracaso. Pérdidas que no dejan nunca de pesar en el alma del enamorado.
Todos sabemos que sanarse de una pérdida, de una muerte, de un abandono, no ocurre de un día para otro. Es un proceso lento, que se cocina con la vida, que avanza, retrocede, que se estanca. Sin embargo, la exigencia es deshacernos lo más rápido posible del dolor que nos ha provocado. Nos consideramos débiles e ineptos si no lo logramos. La paradoja es que esta imposición lo único que hace es provocarnos un profundo sentido de fracaso y hacernos más infelices.
En suma, la felicidad es un gol falso para aquellos que no son capaces de aceptar la vida en toda su complejidad y riqueza. La felicidad es también un muro que nos aísla de los otros. En lugar de meter debajo de la alfombra los sentimientos tristes, ‘feos’ y desagradables, pienso que debemos aceptar que es el conjunto el que nos hace humanos, el que nos permite acercarnos de forma verdadera a los otros, el que nos hace estar vivos.
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