Mujer

Vegetarianismo flexible


Hace tres años escribí una columna sobre los fundamentalistas de la alimentación. Esos que preferirían morir antes que probar un pedazo de carne roja, que levantan campañas contra la leche y sus derivados. Que comen betarraga y berenjenas al menos una vez por semana. Ojalá orgánicas. Que conocen más de una forma de cocinar las lentejas. Que preferirían comer caca de perro antes que darles un caramelo a sus hijos.

Decía yo que ellos se perdían la mejor parte de la vida. Que para mí comer es mucho más que alimentarme (cosa que aún mantengo) porque genera una instancia de comunicación, de placer, de recuerdos deliciosos. Y que de solo pensar en una dieta vegetariana me asaltaba una abominable sensación de bajón.

Pero debo decir que mi mirada a ese respecto dio un giro radical. No sé exactamente qué lo gatilló. Tal vez el hecho de que cada día me gusta menos la carne. O la presencia ya permanente del yoga en mi vida. O la constatación de que el mundo se parece cada vez más a una enfermedad crónica.

Me estoy transformando en uno de aquellos. Soy como Gregorio Samsa, de La Metamorfosis, el clásico de Kafka: cada día un poco más insecto, un poco más herbívora. Bueno, no tanto tampoco porque no me interesa dejarlo todo. Creo que seré vegetariana flexible. Y digo seré porque este es un proceso lento, no es llegar y eliminar los lácteos, las carnes y los transgénicos. Por ahora soy mitad y mitad. La carne roja ya casi no la como. Dejé los lácteos pero hay algunos quesos que no pienso abandonar jamás. Los vegetales que compramos son casi todos orgánicos, pero igual voy al supermercado por cosas que no son de temporada, como los champiñones.

Espero lograrlo por completo. Que mi cuerpo solo reciba alimentos sanos y nutritivos. Esto no tiene nada que ver con la ética o la defensa de los animales. Quisiera decir que sí, pero no. Es, en realidad, un objetivo egoísta. Al ser yo una persona con baja tolerancia al estrés, con tendencia a desarrollar enfermedades autoinmunes y madre de una hija que heredó esos mismos genes, siento la urgencia de modificar ciertos hábitos. Y bueno, la verdad es que basta informarse un poco para estar al tanto de la cruda realidad: la forma en que nos alimentamos ha cambiado rotundamente en pocas décadas. Se calcula que de 1950 a 1983 la producción de pesticidas en Estados Unidos se incrementó de 200 mil a 2,5 billones de toneladas por año, lo que da una idea del panorama. Hoy los químicos, pesticidas, fertilizantes y aditivos sintéticos están en todo, no solo en las verduras. En Chile, el 80 por ciento de los productos que se venden en supermercados contiene ingredientes transgénicos derivados de la soya y el maíz, según las cifras del Inta de la Universidad de Chile. Y esto incluye los tallarines, la leche y el pan de molde, por nombrar algunos. Habría que sumar a lo anterior la desenfrenada utilización de antibióticos y hormonas para el engorde rápido de animales, como el pollo y las vacas, con lo que el escenario termina de ponerse siniestro. Juro que no quiero ser fatalista, pero es un hecho que la manipulación de los alimentos se ha asociado a varias enfermedades crónicas y algunos tipos de cáncer.

Por último, quiero derribar dos mitos que giran en torno a la alimentación natural. La primera es que es más cara (solo lo es si compras en las tiendas boutique en vez de las ferias libres orgánicas donde los mismos agricultores venden su cosecha, sin intermediarios). Y la segunda, que es desabrida. Y aquí me toca rebatir mi propia argumentación: solo es desabrida si no sabes cómo cocinarla. Ya les contaré de todo lo que se puede hacer con quínoa, polenta, harina integral y las más deliciosas verduras orgánicas.

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