Mujer

Razones para viajar con mochila y poca plata

(Aunque tengas 38 y sientas que estás muy vieja para esos trotes)

Hay una sola cosa que nunca ha salido de top one de mi lista de placeres inigualables: viajar. A estas alturas, diría que es una necesidad. Mi espíritu renace cada vez que bajo de un avión y respiro el aire de un país extranjero. Siempre hago lo mismo, aun cuando esté saliendo del aeropuerto más mugriento del mundo: cierro los ojos, emito una profunda inhalación y sonrío con gratitud. Solo me faltaría levantar los brazos y mirar al cielo para ser una impecable devota del viaje.

Todo comenzó en mi etapa universitaria. Tenía una creciente sed de aventuras que me llevó a trabajar de promotora, comprarme una mochila de 75 litros y recorrer así buena parte de Latinoamérica y Europa. Sentía que ese era mi estado natural. En un bus perdido en medio de cualquier pueblo mexicano, flotando en el mar tropical de Colombia, leyendo en un bar de Roma. Aprendiendo idiomas, conociendo personajes impensados, cambiando el curso del viaje, desarmándolo, estirándolo hasta lo imposible.

Con el tiempo mis viajes fueron mutando. La maleta de rueditas llegó a mi vida aun cuando me resistí todo lo que pude a sus atractivos encantos. La duración de cada periplo decreció de 3 meses a 2 semanas, y de ser una amante de las hamacas y las posadas de mala muerte, me hice fanática de los hoteles. De los buenos hoteles. Sobre todo a la hora del desayuno, cuando el olor del café recién preparado se confunde con el de los croissants tibios y crujientes. Pero aunque he disfrutado con todo mi ser de ciertos placeres que antes me estaban vedados, como la fascinante experiencia de internarse en la gastronomía típica de cada lugar, la verdad es que nunca dejé de extrañar mi roñosa mochila. Y esa inexplicable sensación de libertad que solo aparece cuando no tienes ni la más mínima idea de lo que va a ocurrir a continuación.

Así que cuando mi hermana menor me propuso lanzarnos a la aventura juntas, acepté. Altiro. Será una travesía corta, claro, sin tantas expectativas como cuando escribía esas eternas bitácoras llenas de romanticismo y, muy probablemente, con otro estado físico. Pero aventura al fin. Con mochila. Y casi nada de plata. Aún faltan algunas semanas para partir y la excitación ya está aquí, instalada en mi pecho, algo que hace más de 10 años llamábamos 'el síndrome de viaje', que es ese estado de felicidad que actúa como un imán, atrapando para ti momentos asombrosos, antes de subir al tren y durante todo el viaje. Desde esta linda sensación, que debe ser algo así como la antítesis de la saudade brasileña, propongo 8 razones para salir a mochilear, aun cuando tus compañeros de albergue tengan 20 años menos que tú.
1) Se puede pagar.
2) Permite conocer de cerca los lugares y su gente. En la micro está el corazón de la ciudad, no en el taxi.
3) Viajar liviano rejuvenece. Igual que las caminatas, la vida simple y el contacto con la naturaleza.
4) La posibilidad de 'levantar campamento' cuando te dé la gana es sublime. Nada más lejos de la libertad que la rigidez de los paquetes turísticos.
5) Los mochileros ponen su bandera en los mejores lugares. Esos que el turista regular no alcanza a ver. Y lo mejor, los mantienen en secreto. Solo unos pocos se enteran, gracias a un par de selectas guías de viaje, de las joyas que esconde cada pueblo.
6) El cambio de rutina es tan fuerte que logras ver tu realidad desde otro prisma. Como decía un filósofo estadounidense llamado Samuel Johnson: cuando viajas "en vez de pensar en cómo las cosas deberían ser, las ves tal como son".
7) Dejar las máscaras en casa es liberador. Vas de playa en playa, de pueblo en pueblo, tú y tu esencia. No eres tu profesión, tu estatus. No eres la hija de nadie. Eres tú. La verdadera.
8) Si el viaje es largo puedes llegar a sentir que ya no tienes casa. Que no sabes dónde vas ni de dónde vienes. Y eso es tan raro como mágico.

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