Mujer

Miedo en las calles (a usted también le ha ocurrido)


Las calles de Santiago están llenas de depredadores de mujeres motorizadas. Salen de la nada y acechan cuando menos lo espera. No me refiero a los seductores, sino a los otros, esos zánganos que intentan obtener alguna tajada a costa de su superioridad física. Están los que derechamente se han especializado en robar carteras en los semáforos -cada día me llegan nuevas historias-, y están los demás: una lacra que incluye a vendedores ambulantes, estacionadores de autos y la nueva estirpe de las esquinas capitalinas: los limpiadores de parabrisas.

Antes que todo quiero aclarar -y con esto me saco de encima a los infaltables abogados del diablo- que gran parte de las personas que ejercen estos oficios son honestas y se ganan sus pesos limpiamente. Dicho esto, prosigo a contar lo que me ocurrió con mi amiga Carola la noche de un viernes en que nos fuimos de copas. Eran cerca de las 9 y Bellavista estaba ya sobrepoblada. Luego de darnos varias vueltas en torno a un teatro -al que iríamos a ver una obra-, uno de estos cuidadores o estacionadores, o como quiera que se llamen, nos hizo una seña para ubicarnos sobre la vereda, tapando una salida de auto y el paso de los peatones. "Déjelo aquí nomás. Yo soy el jefe de esta cuadra", nos dijo, luego de tirar un 'pollo' con mucho escándalo. Raro, pero en fin, la obra estaba por comenzar. Al bajar del auto, el hombre nos informó que la tarifa era de 5 lucas, por adelantado. Yo le contesté lo mismo de siempre, que a la vuelta le pagábamos (dos lucas con suerte y porque me da miedo, matón, quise decir, pero callé). Obvio: él insistió. "Esas son las reglas, reina, me paga o me saca el vehículo de ahí". Entonces le dije que estaba muy caro, que un par de cuadras más allá la tarifa era menor. "Esos son estacionamientos municipales, reina, estos los trabajo yo", dijo. Mi amiga, asustada, empezó a pellizcarme el brazo para que le diéramos la plata de una vez, pero yo me negué a ser abusada. Así es que seguí caminando hacia el teatro. "Oye, loca, ven a correr tu auto o lo agarro a patadas", gritó, sentado sobre el capó, mirándome fijo.  Tendré dignidad, pero no soy tonta. Así es que fui a correrlo, qué otra cosa podía hacer. Por supuesto, nos perdimos la obra. Y pasamos el resto de la noche analizando el fenómeno, humilladas. Entonces me acordé de un amigo que puso un restorán en otro barrio. Era un local chico, ubicado en una esquina donde no había problemas para estacionar. Pero hasta allí llegó de todas formas uno de estos patos malos a 'cuidar' los autos de los comensales. Pasaba borracho y trataba mal a la gente. Pero era inamovible. Mi amigo prefería perder clientes que verse en el conflicto -quizás de vida o muerte- de encararlo.

Y entendí el problema. Estos tipos existen porque asustan. Dan más miedo que el potencial ladrón de radios, que probablemente fue su oficio anterior (antes de entender que este era mejor negocio). Y sobre todo asustan a las mujeres, sus presas predilectas. Yo me he fijado en los semáforos en rojo cómo es la dinámica de los limpiadores de parabrisas. Haga usted el ejercicio: el hombre se para frente a un auto con volante masculino, levanta sus herramientas de limpieza para ofrecer el servicio, le dicen que no, sigue hacia el del lado, otro macho. Vuelve a ser rechazado y sigue su camino. Ahí se encuentra con una mujer -yo- que también le dice que no, aunque su parabrisas esté asqueroso, siempre. El hombre insiste, mostrando la mugre que resalta en el vidrio. Contesto que no y lo evito (cambio la música, hago como que hablo por teléfono. Qué incomodidad). Pero sigue ahí, al acecho, y ahora me toca el vidrio con sus sucias uñas. Le pongo cara de furia y le grito que se largue. Y entonces él se enoja y toma su botella de detergente y la derrama entera sobre mi parabrisas. Y luego me hace ese gesto con dos dedos en los ojos, como diciendo "te tengo sapeá". Y ahí quedo yo. Paralizada. Frustrada. En el semáforo de la esquina de mi casa.

Y esto pasa en Chile, los ingleses de Sudamérica. Delincuencia aceptada socialmente. Y lo peor es que estamos tan acostumbrados que nos parece normal.

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