Mujer

¿Y si te ve un niño?


Cada lunes, cuando cruzamos con mi entrañable amigo Juan Ignacio esa transitada calle que separa el estacionamiento y el boliche del café matinal, me acuerdo de esta historia. Y cada lunes se la repito. Y cada lunes se ríe con sus ojos chinos y no me hace caso.

"Dos adultos suecos, o suizos, para el caso da lo mismo, llegan a una esquina. Uno quiere cruzar porque no viene ningún auto y el otro lo agarra y le pide que esperen la luz verde peatonal. El arriesgado le hace ver lo infructuosa de la espera dado que evidentemente no se ven autos en el horizonte. Pero el más cauto le explica su actitud con una pregunta: ¿y si te ve un niño?".

Juanito cruza como una bestia y nunca le ha pasado nada. Es, ha sido y será desafiante del peligro. Pero goza con que yo lo rete y él haciendo lo que se le da la gana e ignorando mi monserga latosa. Ya a los 18 lo insultaba por su imprudencia manejando. Es un poco ese juego inconsciente de todos los amigos de infancia que se ponen viejos, pero que repitiendo los ritos y los códigos hacen el pacto tácito del autoengaño de que el tiempo no ha pasado.

La historia del sueco me resulta central para entender la relevancia que tiene el ejemplo y la consistencia en la educación de los niños. Nos  pasamos tomando clases de reforzamiento en matemática, buscando apoyo de psicopedagogos y desvelándonos para mejorar lo que aprenden los hijos, pero no pocas veces les pedimos que vean menos tele y lean más, con la tele prendida y sin que nos hayan visto leer en los últimos cuatro meses. O predicamos el respeto a garabatos y la generosidad planificando la compra del próximo juguete desechable. Me incluyo en casi todos los casos, que conste. Y aquí pongo sobre esta hoja otro caso, reciente y testimonial, y no de un sueco que quizás es mentira. Hace un par de semanas mi hija me recordó temprano en la  mañana que esa tarde en su colegio era la reunión o charla sobre 'prevención de riesgo'. Recién ahí me di cuenta de que la UC y la U jugaban la primera final del campeonato. Mi reacción inmediata fue buscar la chiva, mandar a mi señora sola o ir un rato, pero su cara y su "papá, no te preocupes, ve el partido nomás", me aclararon dónde había que poner el foco. No se imaginen que postergué el partido por una charla de Segurín o un ensayo de Operación Deyse, la convocatoria era para un taller padres-hijas dado por un psiquiatra sobre los riesgos que enfrentan las niñitas en plena adolescencia. Tratándose de la mayor, como es mi caso, imposible más interesante.

En un intermedio un papá salió disparado para llegar a ver el segundo tiempo. Total, en su caso era la hija menor y de estas historias ya estaba curtido, hasta podría ser él quien dictaba el taller. No lo encontré descabellado, pero yo opté por seguir, aunque confieso que a ratos por el Twitter me informaba de que en ese momento el peligro más inminente eran los ataques incesantes de la U.

Mi hija me insistió en que me fuera, que no importaba, que ya había estado lo suficiente. Pero a los 13 años se es demasiado transparente como para disimular lo feliz que estaba con que la eligiera a ella. Yo también seguía feliz, enterándome de su nuevo mundo y de que la UC había hecho un gol. Su majestad el contragolpe.

La charla fue estupenda y el trabajo en grupo, muy esclarecedor. Yo, que me había bajado de Facebook, como les conté en la columna anterior, descubrí que estar ahí es mucho más importante que ir a buscar a un hijo a una fiesta para saber en qué mundo se mueve. Esta red en particular reúne magistralmente todos los ángulos de sus vidas. Yo quedé feliz más allá de la reunión, porque en el auto de vuelta tuve la oportunidad de decirle a mi hija que cientos de veces en la vida hay que postergar placeres por deberes. Y se lo pude demostrar con hechos. Sentía que la Neva Milicic era una alpargata al lado mío. La autoestima a tope y la UC ganando 2 a 0.

Pero todas mis reflexiones llenas de obviedades quedaron cortas, cuando otro de los asistentes me hizo ver con mayor claridad eso del ejemplo y la consistencia en un caso como este. Cuando las niñitas tengan alguna de las dificultades propias de la edad y haya que darle la seriedad que requiere, ¿cómo lo harán los papás que hoy optaron por el fútbol para hacerles ver lo serio que es el asunto, si ellos no le tomaron el peso en la reunión preparatoria?

Lo que sucedió en el segundo partido con la U, mejor ni recordarlo.

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