Sólo porque no tuve la maldición de estar entre los afectados directos de los tres hitos macabros del 2010 puedo decir que se fue un gran año. Aunque quizás no sólo yo lo afirme, en una de esas hay personas perjudicadas que han sido capaces de mirar de manera favorable lo que ocurrió, pese a todo.
Y no lo digo como técnica de autoayuda barata del estilo "mira lo positivo...", aunque le haya pasado un tren por encima. No, lo digo porque cada vez que vi un recuento, escuché un sermón, eclesiástico o político, que no distan demasiado a veces, o salió en una sobremesa el tema del balance, me quedé con la sensación global de un buen año. Incluso me asusté al principio, cuestioné mi sensibilidad y la capacidad de empatizar con el dolor ajeno. Pero no, la autoflagelación no cabía en este caso: yo anduve achacado con tanta destrucción de casas y sueños. Yo me emocioné con la Teletón especial de marzo. Yo hasta boté un lagrimón cuando escuché ese domingo almorzando el grito de un sobrino que anunciaba "están todos vivos...". Yo me puse en los zapatos de las familias de los presos. A mí el 2010 me dolió Chile, como se decía antes.
Insisto, esto puedo decirlo porque no se me cayó la casa, el maremoto no me llevó a ningún familiar, ni tengo cercanos presos ni que trabajen en la minería del sálvese quien pueda: necesitábamos un 2010 así. Necesitábamos un 2010 como éste.
Si el Centenario lo marcaron las obras y edificios monumentales europeístas para el paladar de las elites, nada más apropiado a los tiempos que corren que el Bicentenario fuera el campanazo de alerta de nuestras carencias. Hoy, por suerte, el desafío está más en la meritocracia que en el statu quo.
No sé a ustedes, pero a mí me parece una oportunidad fundacional como país conseguir que desde ahora, por ejemplo, las ciudades sean planificadas según los riesgos de la naturaleza del lugar; que tengamos capacidad organizativa para reaccionar a tiempo; condiciones laborales dignas y cárceles con rehabilitación, en vez de las moledoras de carne humana que hoy tenemos. Más aterrizado, en sintonía con las necesidades reales y de todos. En cambio lo de hace 100 años, ese arribismo frenético del copy-paste del París clásico y deslumbrante -por lindo que se vea hoy entre tanto mamarracho arquitectónico-, se ve patético a la luz de nuestra trayectoria de desarrollo. Para decirlo en fácil, hacer ficción y especulando su resto, vale preguntarse qué país tendríamos hoy si la energía del Centenario se hubiera encauzado en temas actuales de preocupación, esos que comienzan a germinar, que ya dominan la agenda de las políticas públicas y que por estos días muestran los primeros síntomas de un consenso esperanzador en asuntos tan cruciales como la calidad de la educación, cueste lo que cueste y duela a quien le duela.
Pero esto es una columna de opinión, arbitraria, ojalá provocadora y con mucho de caricatura, porque seguro que el Centenario no se pasó sólo en frivolidades y bailes. Además, tampoco podemos lapidar a esos tres presidentes que tuvimos en 1810, por ponerle cara, nombre y apellido al fenómeno: la igualdad de oportunidades que hoy es una exigencia, un 'desde', un anhelo aún lejano, entonces no sonaba obvia como hoy. No era tema, no se cuestionaba.
La gracia de ser general después de la batalla es que con total impunidad uno puede asegurar que por suerte había fracasado buena parte de las promesas y sueños de esas comisiones de notables que llegaron muy poco más allá que juntarse para la foto de lanzamiento del Bicentenario. Digo por suerte, porque ni pensar cuánto nos hubiera dolido dejarlas congeladas con la llegada temprana de la furia.
Prefiero mil veces el Bicentenario que tuvimos y que nos mostró nuestras miserias, con dolor y todo, que el que habíamos planificado con tanta anticipación, que por lo que me acuerdo tenía más olor a museos, pirámides de cristal y carreteras de tres pistas por lado que de tomarnos este país en serio.
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