Moda

Hernán Zajar: Pasión Colombiana

El diseñador colombiano presentó en Chile su colección Ancestros, fusión de texturas sedosas con tejidos étnicos. Para inspirarse se quedó unos dí­as con los indí­genas de La Guajira, sin agua ni luz, y también se internó en la selva dominada por la guerrilla. "De estas experiencias sale lo más original cuando haces ropa. Puedes sacar ideas de libros, pero esto es más vivido y se nota", dice.

  • Revista Mujer

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Es para no creerlo. ¿Dónde se ha visto un diseñador que contrate un equipo para que depure sus diseños y los haga más ponibles? Hernán Zajar, uno de los diseñadores colombianos preferidos por las celebridades de su país, lo hizo. Y está feliz.

“Es que a mí me tienen que atajar”, explica mientras conversa con revista Mujer en los jardines del hotel Sheraton, en Santiago, un día después del desfile que ofreció para el evento BeFashion, de Parque Arauco. “Para costear esta industria debes tener gente que sepa sobre el consumidor. Yo me desprendo un poco de la cría (mi diseño) para que la alimenten. De tanto sobregiro y experiencia, me toca pensar de este modo. Pero tampoco se trata de hacerles caso en todo. Si veo que tienen razón accedo; si no, me opongo. La idea es ser comercial, pero no aburrido; hacer un maximalismo ponible. Si no trabajara así no cumpliría mi tarea personal, que es evolucionar”.

No es casual que el diseñador busque cuajar la creatividad con el negocio. Tiene 47 años y en los más de 25 que lleva en la moda ha vivido de todo. Conoce el ascenso rápido y la fama burbujeante, pero también la necesidad de partir de cero. Sabe que la fama se desvenece si no se construye una marca sólida. Por eso, no sólo hace alta costura, sino también una colección masiva que vende en los supermercados Carrefour de Colombia, uniformes para empresas, zapatos, bolsos para computadores y hasta una línea de ropa de cama para hoteles. “Esto es lo que hace sonar la caja registradora. Pero siempre todo debe ir a tono con la onda de la casa”, explica.

La historia de Zajar comienza en Mompox, ciudad Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad según la Unesco. Ahí pasó una mitad de su infancia; la otra, en Cartagena de Indias, también ciudad patrimonial. “Esta mágica mezcla me patinó el coco con el color y por eso no puedo ser monocromático. El color me fluye, no le tengo miedo”, agrega.

En estas ciudades, Armando Zajar, descendiente de inmigrantes libaneses, se dedicaba a la hotelería y no le iba nada de mal. Por eso, cuando su hijo Hernán terminó el colegio  fue enviado a estudiar Administración de Turismo en Sant Pol de Mar, cerca de Barcelona. Él, claro, ya había mostrado su interés en la moda. Incluso, había hecho algunos trabajos en esa área: a los 17 años escogió el vestuario de Ornella Muti para la adaptación cinematográfica de Crónica de una Muerte Anunciada (Francesco Rosi, 1987). Pero ni modo. Don Armando no estaba dispuesto a financiar la entrada al mundo fashion de su retoño.

Le metí el gol a mi familia ya de grande (ríe). Pero agradezco haber estudiado hotelería. Conocí gente y eso es muy útil. Un diseñador tímido y antisocial no sirve. Además, desarrollé mi lado empresarial. Un diseñador necesita saber de eso también”, reflexiona hoy.

Pero bueno. Sigamos con su historia. Luego de trabajar en hoteles del Caribe, Hernán Zajar instaló un restaurante en Cartagena. Se llamaba El Bodegón Cartagenero. Pero el local no se hizo famoso por su comida, sino por los desfiles que ahí se realizaban, con las modelos más destacadas de aquellos años y ropa de diversos diseñadores costeños.

A poco andar, el mundo del espectáculo puso sus ojos en él y lo convirtió en el chico estrella de la televisión. Trabajó a cargo del vestuario de varias teleseries por siete años (“Eso me hizo conocido hasta en el estrato cero”, bromea) y vistió a las reinas de belleza por quince años.

Zajar estaba en la cima de la moda de su país, al menos en lo que a fama se refiere. Por eso emigró a Miami, donde se convirtió en un diseñador de renombre. Vistió a Claudia Schiffer, Ivana Trump y Joan Collins. Se perfeccionó con estudios en Nueva York y Milán. Vendía en 36 boutiques repartidas por el mundo. Pero la caída de las Torres Gemelas, en 2001, remeció el mercado de la moda y lo obligó a replantearse.

“Fue como si se desmoronara un sueño. Pero me dije: cambia el chip, vuelve a tu charco. Y me fortalecí mucho con esa decisión, porque después de eso nacieron las nuevas áreas de mi empresa. Tengo una oficina en Bogotá que emplea a unas 20 personas, dos tiendas en Colombia y además vendo en Miami, Nueva York, México y Kuwait”, cuenta con orgullo.

Su regreso tuvo también otro plus: comenzó a nutrir su trabajo con referentes étnicos provenientes del verdadero crisol indígena que ofrece Colombia, país que  alberga a más de 80 diferentes etnias. Ruanas, filigranas y ponchos entraron en el mundo de Zajar para sofisticarse y dar a la ropa de este modisto aun más colorido e identidad.

“Una vez me metí en la zona roja (el área dominada por la guerrilla) para hacer proyectos sociales con diferentes fundaciones. También fui a vivir ocho días con los indígenas de La Guajira (zona del país que cobija  al 45 por ciento de la población indígena). Dormí con ellos y como ellos, en hamacas, sin luz eléctrica”, relata. “De estas experiencias sale lo más original cuando haces ropa. Puedes sacar muchas ideas de libros, pero esto es más vivido, y se nota en el producto final”.

Ancestros, la colección que presentó en BeFashion, es un ejemplo de esta fusión de estilos y texturas. Por un lado está el tejido de inspiración indígena; por el otro, la suavidad del chifón de seda, el tafetán de seda. Encajes y tejidos a croché dan vida a minivestidos de ruedo asimétrico. Hay bastante transparencia y drapeado. ¿Su producto estrella? Las carteras.

Zajar apuesta por el éxito de las túnicas -“mantitas”, las llama él- que están presentes en varios formatos. “Con ellas me eché al bolsillo a todas las mujeres”, concluye. “Las puede usar una muy joven y verse sexi, o una mayor, que le puede sacar partido a la transparencia de la manga. Siempre se ven femeninas, elegantes y cómodas, sin la necesidad de tener un cuerpazo. Adentro de ellas, cabe todo”.